Aug
19

Desde el brillo de tus ojos a los confines del Universo

Posted under Textos by Julián

El primer día que la vio intuyó que la amaría. Surgió como una idea muy tenue, vaga, a la que no prestó atención, pero que poco a poco fue cobrando fuerza, transformándose en un descubrimiento, una aceptación respetuosa, un fervor casi religioso.

Primero amó sus ojos almendrados, grandes y profundos, la sutil delicadeza femenina con que estaban maquillados, los pequeños brillos de la luz reflejada en ellos, y luego una por una la sucesión de miradas que desfilaban por su rostro día tras día, momento a momento: la ojerosa por el sueño, la de alegría y ojos entrecerrados por la risa, la cabizbaja, delatora de una melancolía escondida, e incluso las que sólo imaginaba.

Pronto el foco de su amor se fue extendiendo, abarcando los párpados y las dos suaves arrugas bajo ellos, la nariz decorada por pálidos lunares que corrían traviesamente hacia las mejillas y la frente, los delgados labios rosados, el pulcro delineo de las cejas, el rostro y el mentón. Todo asombrosamente dispuesto de la única manera posible, pues de cualquier otra ya no hubiese sido ella.

Como en un lento despertar, su corazón se abría a nuevas facetas y dimensiones de su amada: la forma en que sus manos de estatua griega tomaban con el mismo garbo la cartera, los pinceles o un libro, cada uno de sus peinados y su cabello desordenado, el collar que nunca se quitaba y las sombras y matices dibujados por la luz en cada contorno de su cuerpo.

Descubrió que era imposible otorgarle bordes definidos: la piel continuaba a través de rayos de luz hasta el sol o una bombilla eléctrica, de la boca partía una inextricable red de sonidos que atrapaba todos los objetos a su alrededor, las manos eran un puente tendido más allá del presente, atravesando la taza de té que había tomado en la mañana y la revista que hojearía por la noche.

Un incipiente sentido de orden y significado fue tomando forma dentro de él, transformando el azar y el caos en causa, intención. Ella y el Universo eran inseparables, sin ningún límite real de tiempo o espacio, envolviendo y conteniéndolo como un gran útero. Ya no necesitó abrazarla ni tomar sus manos para sentirla cerca, bastaba con acariciar un árbol o sentir la brisa en su rostro.

Si en algún momento la amó por la forma en que tocaba el piano o su gusto por los libros, ahora lo hacía por ser la melodía más hermosa, el libro más profundo. Sin pretenderlo, había llegado a amarla completamente, con total pureza y entrega, sin miedos ni cuestionamientos. Y cómo no hacerlo, si era el punto de partida y la puerta de entrada a todo el Universo.

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