Archive for June, 2010

Jun
24

El Juicio

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Infundiréis temor y miedo a todos los animales de la tierra, y a todas las aves del cielo, y a todo lo que repta por el suelo, y a todos los peces del mar; quedan a vuestra disposición. (Génesis 9:2)

El día del Juicio el mar devolvió a los muertos que guardaba, y la muerte y el infierno devolvieron los muertos que guardaban. Me vi junto a los de mi especie, cada niño, hombre y anciano que alguna vez pisó la tierra, todos delante de Dios, y los libros fueron abiertos y uno a uno fuimos juzgados según nuestras obras.

- Di tu nombre – bramó un ángel colosal al llegar mi turno, y mi garganta dijo mi nombre sin dar cabida alguna a la mentira o al silencio.

- Tu nombre no está escrito en el libro de la vida – centelleó -, ¡sea el lago de fuego tu destino!

- ¡No! – grité aterrado mientras dos arcángeles se acercaban para ejecutar el veredicto - ¡Debe ser un error! ¡Toda mi vida no hice más que seguir las enseñanzas de los evangelios!

En ese momento intervino Dios desde su trono blanco, y su voz fue como el rugido de mil relámpagos, la furia de cada tormenta y el eclipse de todos los soles:

- Eres culpable de infundir el terror en todas las criaturas de la tierra, en todas las aves del cielo y todos los peces del mar. Eres culpable de derramar la sangre de los inocentes, de vestirte con sus pieles, de torturarlos para saciar tu hambre desmedida, de regocijarte en su agonía.

- ¡Pero Padre! – supliqué, arrodillado y sin ser capaz de mirarlo directamente - ¡Tú me diste potestad sobre ellos! Tú dijiste "Todo lo que se mueve y vive os será para mantenimiento: os lo he dado todo” – grité con desesperación.

- Y también te di el libre albedrío: te di la oportunidad de buscar en tu corazón el verdadero bien y la verdadera bondad que no nacen del miedo al castigo ni al infierno sino de un espíritu puro, pero usaste mis palabras como un escudo para tu maldad y tu egoísmo, para tu indiferencia y tu sed de sangre. La auténtica prueba a tu alma la fallaste cada vez que el sufrimiento de los indefensos te fue indiferente y peor aún divertido, y por eso te condeno.

Y así, derrotado y arrepentido sucumbí al horror las llamas.