Archive for August, 2010

Aug
29

Una historia mortal

Posted under Cuentos, Textos

(Para una lectura más fácil sugiero descargar el cuento en formato Word)

Y bueno, la historia comienza cuando un personaje con la misma estatura, contextura y rasgos que usted, mi querido lector, que además por esos azares de la vida o de la literatura si se quiere lleva exactamente su mismo nombre, comienza a leer un relato corto que acaba de encontrar, escrito por un autor que resulta llamarse igual que quien escribe. Nuestro personaje, que en este momento está sentado, se rasca la cabeza al enterarse de esta notable coincidencia y se pregunta cuáles son las probabilidades de que algo así suceda, pero lo olvida rápidamente al sentir un ruido en la otra habitación. Escucha con atención. Afuera hay un sol radiante, se siente la agitación en las calles y las bocinas de los autos terminan distrayéndole. Luego de unos segundos sacude la cabeza, se dice que no fue nada y retoma la lectura. Se lleva una no muy grata sorpresa al ver la similitud entre lo ocurrido y lo que lee: poco a poco crece en su interior una especie de sospecha, un sensación de déjà vu que se transforma en certeza de lo que va a acontecer. Mientras tanto, en la habitación contigua un asesino a sueldo recrimina con gestos a su compañero por haber golpeado accidentalmente una lámpara, poniendo en riesgo la delicada operación que están llevando a cabo. Se toman algunos minutos para que la víctima, en caso de haber oído el ruido, se calme y vuelva a su lectura, luego de lo cual se dirigen silenciosamente a su encuentro con cuchillo en mano e instrucciones precisas de matarle a como dé lugar. Las cosas no van como estaban planeadas, sin embargo: nuestro personaje ya no se encuentra en el departamento. Una leve brisa proveniente de la puerta abierta les da a entender que acaba de escapárseles, y aunque corren en su búsqueda es demasiado tarde porque acaba de subirse a un taxi que apareció convenientemente en el momento en que salía a toda prisa del edificio. Nuestro personaje ha comprendido, o recordado para ser más precisos, que ésta era la hora de su muerte, y a pesar de que ha huido sabe que sólo estará a salvo por un par de horas, o quizás minutos, porque está en las manos crueles de un escritor que intenta matarlo en un relato. Hay esperanza, de todas maneras, pues el escritor ha cometido un error gravísimo: le reveló su nombre al principio de la historia, así que ahora la cosa se trata de encontrarlo y matarlo a él primero. Se baja frente a un cibercafé con un plan en mente. En un derroche sin precedente de buenos reflejos logra esquivar un macetero que cae repentinamente desde un octavo piso y se revienta violentamente contra el suelo. La adrenalina le invade, tiene menos tiempo de lo que pensaba y debe actuar rápido. Entra en el cibercafé a buscar en Internet la dirección del escritor, pero le toma más tiempo de lo esperado, pues a pesar de tener un nombre poco común es bastante mediocre y sólo lo conocen sus amigos. ¡Facebook al rescate! Fue lo suficientemente estúpido para publicar su dirección personal en su perfil. Sale a la calle, esta vez debe arrojarse sobre un pobre peatón para evitar un auto que en ese momento se sale de la pista y choca a cuarenta kilómetros por hora contra la entrada del cibercafé, destrozando a cuatro inocentes clientes que se encontraban bajando pornografía distraídamente. En medio de la conmoción nuestro atemorizado personaje cruza la calle, toma otro taxi y pide que lo lleven a Don Carlos 2898. No tiene claro cómo va a entrar al edificio, y más importante, de cómo va a matar al escritor, pero ya se le ocurrirá algo. De repente se acuerda que esto es un relato, mete la mano en el bolsillo y se encuentra con una pequeña pistola cargada: ¡justo lo que necesitaba! El trayecto se ve continuamente interrumpido porque todos los semáforos que se topan están en rojo, una situación muy extraña según el taxista  que se disculpa y jura repetidas veces que normalmente el tránsito en esa avenida es muy expedito (¡maldito escritor!), pero a pesar las demoras llegan al edificio en menos de treinta minutos. Le paga un veinte por ciento más al conductor, que se muestra muy agradecido, y se dirige a la recepción, esquivando sin prestarles demasiada atención los dos objetos contundentes que acabo de arrojar desde mi ventana. Tiene la espalda empapada en sudor producto de la carrera, la ansiedad y el sol abrasador. Se seca la frente, también empapada, con miedo de que genere sospechas en el conserje, pero ante su sorpresa éste no sólo no le pregunta nada, sino que le saluda con una amable sonrisa y presiona el botón del ascensor. La suerte hay que aprovecharla, no cuestionarla (aunque en este caso no hubiese sido mala idea), así que se mete de inmediato al ascensor cuando éste abre sus puertas, aferrando firmemente la pistola dentro del bolsillo. Después de catorce segundos llega al piso diez, está cada vez más cerca de su objetivo. El departamento 105 se encuentra frente a él, el 106 a la derecha, así que toma el pasillo de la izquierda y llega al 101, cuya puerta está entreabierta. “Qué poco original, podría haber pensado en alguna forma ingeniosa para que yo la abriera” se dice a sí mismo, y debo reconocer que tiene razón, pero se hace lo que se puede. Está a punto de empujar la puerta para entrar, pero no sabe si hacerlo con sigilo o con rapidez para no perder el factor sorpresa. Por un momento piensa que puede ser una emboscada, pero desecha la idea: la trampa era en su propio departamento, no en éste. Mira hacia todos lados, no hay nada que pueda caer o desprenderse para herirle. Empuja la puerta con suavidad y entra. La luz es tenue y proviene de una ampolleta que amenaza con quemarse, afuera ya es de noche. El escritor debe estar cansado o desconcentrado piensa, porque hace diez minutos había un sol radiante, o quizás es algún tipo de recurso para lograr un efecto más dramático. Todo esto nos lleva a este momento, en el que me encuentro en la curiosa situación de estar relatando cómo usted, mi querido lector y personaje, está a mis espaldas con arma en mano y dispuesto a matarme mientras yo estoy sentado en la mesa de mi departamento escribiendo esta historia. Dada las circunstancias y si me disculpa la interrupción, me parece que de ahora en adelante tengo todo el derecho a dejar las formalidades y tutearle, digo, tutearte, si no te molesta, aunque si fuera así sé que tendrás el tino de callártelo. Pero bueno, no nos distraigamos y volvamos a lo nuestro: estás a mis espaldas, con pistola en mano, sin decidirte a disparar porque temes que yo sepa todo. Piensas que fue muy estúpido no haber traído una copia del texto para saber qué es lo que escribí que va a pasar, aunque probablemente todo eso quedó invalidado en el momento en que huiste de tu departamento y te salvaste de morir como estaba escrito, o quizás todo esto siempre fue parte del relato (¡recuerda esa misteriosa pistola en tu bolsillo!) y no haces más que vivirlo palabra por palabra. Al final te decides a disparar, después de todo mientras más te demores más tiempo me das para inventar algo. El disparo retumba en las paredes de mi pequeño departamento, pero la aislación es buena y sólo se escucha en el pasillo, vacío en este momento. La sangre comienza a brotar a borbotones, el escritor se convulsiona por algunos segundos, es decir, yo me convulsiono por algunos segundos con la cabeza sobre el laptop donde decidía tu destino, hasta que finalmente perezco. Otro error: afuera hay un sol radiante otra vez, pero nadie excepto tú reprocharía a un escritor agonizante por un detalle tan irrelevante. Cuelgas el teléfono porque te molesta el zumbido, bajo el auricular encuentras una tarjeta de una línea de taxis. “¿Para qué llamaría a un taxi?” te preguntas con desconcierto. La curiosidad te pica al ver el laptop, guardas la pistola en tu bolsillo y mueves mi cabeza para sacarlo. La pantalla está salpicada de sangre, así que vas a la cocina a limpiarla con un paño, luego te sientas a leer el final que yo quería para la historia, sintiendo mucha satisfacción por haberme doblado la mano. Otro dèjà vu (tú en el departamento, ese sol intenso afuera, el relato que acabas de encontrar) da paso a la anagnórisis: el escritor, o sea yo, viendo que las cosas ya estaban fuera de control y que la muerte era inevitable, decidió que al menos se vengaría obligándote a vivir infinitamente ese ciclo de angustia e incertidumbre. Y tienes toda la razón, ésta es mi venganza. El pánico te invade hasta que tus ojos se topan con el relato y empiezan a leer involuntariamente. Y bueno, la historia comienza cuando una persona con la misma estatura, contextura y rasgos que usted, mi querido lector, que además por esos azares de la vida o de la literatura si se quiere lleva exactamente su mismo nombre, comienza a leer un relato corto que acaba de encontrar…