Archive for November, 2010

Nov
06

Rogelio el muerto

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(Para una lectura más fácil sugiero descargar el cuento en formato Word)

Durante toda su vida Rogelio Gómez fue un tipo extremadamente tranquilo y de costumbres muy rígidas, tanto así que cuando murió el 14 de septiembre de 1975 nadie lo notó y siguió manteniendo su rutina de siempre. En la medida de sus posibilidades, por supuesto.

De lunes a viernes se levantaba exactamente a las siete de la mañana y se duchaba por diez minutos (ponía una alarma para saber cuándo salir). Se secaba el cuerpo desde arriba hacia abajo con una toalla limpia, y dejaba el pelo para el final. Se colocaba una bata gris, limpiaba el vapor del espejo del baño con un paño y se afeitaba a ras, dejando solo un fino bigote que recortaba con esmero. Vestirse era prácticamente una coreografía en la que cada prenda de ropa tenía su puesto en un orden inalterable. Todas ellas, planchadas con meticulosidad la noche anterior, descansaban sobre la silla del dormitorio en el mismo orden en que las iba retirando: primero los calzoncillos, luego los calcetines y después los pantalones, para continuar con la camisa, la corbata y la chaqueta. Los zapatos solo se los ponía antes de salir a la calle, manteniéndolos cuidadosamente alineados de forma perpendicular a la puerta principal y paralelos entre sí. Cuando terminaba de vestirse preparaba un suculento desayuno que incluía jugo fresco de naranja, frutas, tostadas, huevos con tocino y una taza de café bien caliente, se sentaba en la mesa de la cocina, se cubría el pecho con una gran servilleta blanca de tela y lo engullía todo en quince minutos. Después de morir se vio obligado a dejar de tragar los alimentos, pues se volvió incapaz de digerirlos y la única forma que tenía de expulsarlos era inducirse el vómito, tarea para nada simple porque sus reflejos primarios casi habían desaparecido. No obstante este irritante inconveniente, siguió preparando religiosamente el mismo desayuno, conformándose con olerlo y degustarlo en ciertas ocasiones para luego botarlo prácticamente intacto.

A las ocho menos diez salía de su casa, le ponía llave a los dos cerrojos de la puerta y caminaba las tres cuadras que lo separaban del pequeño edificio municipal donde trabajaba como oficinista de ocho a seis. Sus compañeros de trabajo nunca notaron nada distinto en él: seguía siendo un empleado callado que cumplía sus labores a tiempo y sin molestar a nadie.

Rogelio no se había convertido en un fantasma, un zombi, un vampiro ni cualquier otra creatura paranormal, simplemente era como si su cuerpo no supiese morir de la manera habitual. El recuerdo del momento fatal se había perdido en una especie de bruma que se hacía más densa con los años. Le parecía que había sido un golpe en la cabeza, un accidente, pero más que una sensación asentada en su memoria era una especie de historia que se repetía a sí mismo mecánicamente.

Si en vida Rogelio había sido marcadamente rutinario, ahora que estaba muerto llegaba al grado de ser casi un autómata. De cierta forma la intensificación de este rasgo de su personalidad era un mecanismo de defensa, un escudo ante una situación extraña y algunas veces atemorizante, una manera de conferir orden a una realidad que se había vuelto ilógica y absurda. El problema era que, sin percatarse de ello, su escudo se había transformado en el único motor de su existencia, despojándola de todo sentido y significado.

Los años pasaron sin que nada cambiara mucho. Externamente Rogelio no había envejecido un ápice en todo ese tiempo, un fenómeno que le hubiese parecido extraño a la gente que lo veía día a día de no ser porque el aspecto demacrado y pálido que adquirió al morir lo hacía aparentar tener más años de los que llegó a cumplir en vida. De haberlo observado con atención quizás hubiesen notado que no tenía ninguna arruga nueva, ninguna cana, y un doctor hubiese descubierto en él ciertas características fisiológicas intrigantes como su temperatura alarmantemente baja y la carencia total de sudor. La consecuencia más sustancial de su atípico estado, sin embargo, era totalmente invisible al resto de la gente: estaba perdiendo la capacidad de sentir.

Lo notó un día mientras almorzaba: el bistec con papas que se preparaba todos los días a la una y media de la tarde ya no le provocaba el placer de antaño. Intentó cambiar de dieta por un tiempo, pensando que quizás fuese una especie de cansancio o acostumbramiento causado por su hábito de comer siempre lo mismo, pero no sirvió de nada. Finalmente se resignó a perder el sentido del gusto.

Notó que los colores también parecían haber perdido su intensidad, su viveza: era como si el mundo estuviese pintado con acuarelas muy diluidas. Le resultaba progresivamente más difícil separar la música del resto de los sonidos informes que pululaban en el aire, así como diferenciar las notas musicales entre sí. Su piel fría se había vuelto incapaz de sentir la textura de los objetos o los matices de temperatura en ellos. Un par de veces se quemó cocinando, pero no sintió nada. Una noche tomó un cuchillo y se realizó un profundo corte en el antebrazo, esperando experimentar al menos una pizca de dolor, pero fue inútil, ni siquiera sangró. La herida en su carne blanca y muerta nunca se cerró y lo obligó a evitar las mangas cortas desde ese día en adelante.

Lo peor de esta suerte de adormecimiento era que no se limitaba solo a los sentidos, sino que, más preocupante aún, le estaba quitando su capacidad de sentir emociones. De tanto en tanto pensaba en ir al médico, pero desechaba la idea rápidamente: no quería convertirse en un fenómeno o un conejillo de indias. No quería ser “Rogelio el muerto”. Después de todo por muy muerto que estuviese seguía siendo un ser humano… ¿O no? Se lo preguntaba algunas veces. ¿Qué quedaba de su naturaleza humana al despojarse de su capacidad de sentir, de emocionarse, de amar y odiar? Quizás lo que había perdido en ese accidente no había sido la vida sino su alma. No lo sabía, pero había llegado a darse cuenta que su existencia se había vuelto monótona, plana, sin altos ni bajos, y no había nada que pudiese hacer para revertirlo. El Rogelio-persona se desvanecía por dentro día a día, y eventualmente eso también dejó de preocuparle. Sus relaciones personales también se fueron desvaneciendo como él de forma gradual, llegando a extinguirse casi todas, nunca de forma abrupta sino por simple distanciamiento.

De lunes a viernes Rogelio salía de su trabajo exactamente a las seis con cinco minutos, luego de dejar todos sus documentos perfectamente ordenados en carpetas sobre el escritorio. Caminaba las tres cuadras que lo separaban de su casa, abría los dos cerrojos de la puerta, se sacaba los zapatos y los dejaba cuidadosamente alineados de forma perpendicular a la puerta y paralelos entre sí. Se sentaba en el sofá de su living para ver televisión hasta las diez, y luego  iba al dormitorio a planchar con meticulosidad las prendas de ropa que usaría al día siguiente, tendiéndolas posteriormente sobre la silla en orden inverso al que las retiraría para ponérselas: chaqueta, corbata, camisa, pantalones, calcetines y calzoncillos.

Una tarde del otoño de 1989 Rogelio cambió sorpresivamente su rutina. En vez de abrir los dos cerrojos de la puerta de su casa al volver del trabajo, abrió la puerta del garaje, se subió a su auto y partió rumbo al campo: había decidido que el mundo humano ya no era lo más apropiado para él. Llegó a las faldas de un cerro de vegetación muy tupida, y se internó entre los árboles. Al llegar a un punto que le pareció suficientemente aislado simplemente se sentó en el suelo y permaneció ahí por días sin mover un músculo, sin emitir sonido alguno. De vez en cuando se acercaba algún animal salvaje, pero pronto se alejaba asustado como si supiera que había algo perturbadoramente antinatural en él. Los insectos y las plantas parecían evitarlo también en un principio, pero poco a poco fueron invadiéndolo como el musgo que cubre una roca, terminando de borrar todo atisbo del ser humano que alguna vez había sido.

Finalmente desapareció en el bosque, o más bien se fundió en él. Algunas personas se percataron de su ausencia, y lo buscaron por un tiempo. Encontraron su auto en las faldas de un cerro, vacío y con la puerta abierta, sin señales de que hubiese sido víctima de un crimen o un asalto. Finalmente se acostumbraron a no verlo caminando hacia el edificio municipal ni de vuelta a su casa, y todo el asunto pasó a formar parte del patrimonio mitológico del pueblo, un misterio que alimentó toda suerte de rumores en la gente que irónicamente nunca sospechó que la verdad era mucho más extraña de lo que imaginaban.

Hoy en día Rogelio aún sigue intacto, muerto en las profundidades de un bosque lleno de vida.