Archive for the ‘Textos’ Category

Dec
13

El Corazón de Porcelana

Posted under Cuentos, Textos

Mi intento de escribir un cuento como los que leíamos cuando niños: El Corazón de Porcelana.

Feb
08

Sin Parar

Posted under Poemas, Textos

Si me detengo mi sombra me alcanza
Me obliga a mirar atrás
Y ya no tengo fuerzas
para dar otro paso
Por eso corro y corro
Y cierro los ojos
Y respiro, respiro, respiro
Hondo hasta que duela
Hondo para que no salga el llanto
Hondo para que la pena ceda
Que se me revienten los pulmones
Para que aguante el alma

Mar
08

Nudo ciego

Posted under Poemas, Textos

Me ataste al infierno con un nudo ciego
Usando mis propias venas como soga
No me dejas más remedio
Que cortarlas

Jan
26

Alas de Ángel

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Un nuevo cuento, esta vez solo publicaré el link para descargarlo en formato Word.

Jan
24

El castillo

Posted under Textos

parpadeo
y una vida entera ha pasado
corriendo por mi lado
solo siento la brisa fantasmal de su rastro
un escalofrío en la espalda
una herida en la mejilla

donde antes había día
ahora se erige un castillo
con cientos de murallas
altas como montañas
labradas en las escamas de mi piel
unidas por mi saliva

siento lástima por los rayos de luz
que caen a granel por los ventanales
a este abismo de oscuridad
de noche
están condenados a vagar eternamente por los salones
a rebotar entre las columnas

ahora somos un rebaño
pero no somos compañeros
deambulamos
uno, dos, uno, dos
nuestro paso es lento
nuestras cabezas gachas

hay voces que me llaman
a lo lejos
son sonidos que escaparon alguna vez
de mi propia garganta
ahora me torturan
me incitan

las paredes tiemblan, crujen
se llenan de fisuras, de cicatrices
son solo amenazas
yo sé que algún día todo se derrumbará
pero sin anuncios
sin disculpas

Jan
23

Desnudo

Posted under Textos

Voy a desvestirme
A quitarme la piel
El esqueleto
Porque me pesa este cuerpo
Me hunde en la tierra
En la memoria
Y yo quiero flotar
Adherirme al vacío
Ser un todo con la nada
Ser yo, pero otra cosa

Voy a lloverme sobre las hojas secas
A devorar los paisajes recónditos
Y las siluetas que se esconden en la bruma
Voy a deleitarme en lo efímero de ser
A perpetuarme en lo intrascendente
En lo cotidiano
Voy a susurrar secretos inapropiados
En los oídos equivocados
Voy a detener la marcha de los trenes
Su tiránico vaivén

Voy a desvestirme
A quitarme los años de encima
Los dejaré curtiéndose al sol
Me estorba tanto equipaje
En este viaje errante
Que comienza donde todos los otros terminan
Y donde todos los caminos se evaporan
El centro de mi centro

Me despido

Nov
06

Rogelio el muerto

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(Para una lectura más fácil sugiero descargar el cuento en formato Word)

Durante toda su vida Rogelio Gómez fue un tipo extremadamente tranquilo y de costumbres muy rígidas, tanto así que cuando murió el 14 de septiembre de 1975 nadie lo notó y siguió manteniendo su rutina de siempre. En la medida de sus posibilidades, por supuesto.

De lunes a viernes se levantaba exactamente a las siete de la mañana y se duchaba por diez minutos (ponía una alarma para saber cuándo salir). Se secaba el cuerpo desde arriba hacia abajo con una toalla limpia, y dejaba el pelo para el final. Se colocaba una bata gris, limpiaba el vapor del espejo del baño con un paño y se afeitaba a ras, dejando solo un fino bigote que recortaba con esmero. Vestirse era prácticamente una coreografía en la que cada prenda de ropa tenía su puesto en un orden inalterable. Todas ellas, planchadas con meticulosidad la noche anterior, descansaban sobre la silla del dormitorio en el mismo orden en que las iba retirando: primero los calzoncillos, luego los calcetines y después los pantalones, para continuar con la camisa, la corbata y la chaqueta. Los zapatos solo se los ponía antes de salir a la calle, manteniéndolos cuidadosamente alineados de forma perpendicular a la puerta principal y paralelos entre sí. Cuando terminaba de vestirse preparaba un suculento desayuno que incluía jugo fresco de naranja, frutas, tostadas, huevos con tocino y una taza de café bien caliente, se sentaba en la mesa de la cocina, se cubría el pecho con una gran servilleta blanca de tela y lo engullía todo en quince minutos. Después de morir se vio obligado a dejar de tragar los alimentos, pues se volvió incapaz de digerirlos y la única forma que tenía de expulsarlos era inducirse el vómito, tarea para nada simple porque sus reflejos primarios casi habían desaparecido. No obstante este irritante inconveniente, siguió preparando religiosamente el mismo desayuno, conformándose con olerlo y degustarlo en ciertas ocasiones para luego botarlo prácticamente intacto.

A las ocho menos diez salía de su casa, le ponía llave a los dos cerrojos de la puerta y caminaba las tres cuadras que lo separaban del pequeño edificio municipal donde trabajaba como oficinista de ocho a seis. Sus compañeros de trabajo nunca notaron nada distinto en él: seguía siendo un empleado callado que cumplía sus labores a tiempo y sin molestar a nadie.

Rogelio no se había convertido en un fantasma, un zombi, un vampiro ni cualquier otra creatura paranormal, simplemente era como si su cuerpo no supiese morir de la manera habitual. El recuerdo del momento fatal se había perdido en una especie de bruma que se hacía más densa con los años. Le parecía que había sido un golpe en la cabeza, un accidente, pero más que una sensación asentada en su memoria era una especie de historia que se repetía a sí mismo mecánicamente.

Si en vida Rogelio había sido marcadamente rutinario, ahora que estaba muerto llegaba al grado de ser casi un autómata. De cierta forma la intensificación de este rasgo de su personalidad era un mecanismo de defensa, un escudo ante una situación extraña y algunas veces atemorizante, una manera de conferir orden a una realidad que se había vuelto ilógica y absurda. El problema era que, sin percatarse de ello, su escudo se había transformado en el único motor de su existencia, despojándola de todo sentido y significado.

Los años pasaron sin que nada cambiara mucho. Externamente Rogelio no había envejecido un ápice en todo ese tiempo, un fenómeno que le hubiese parecido extraño a la gente que lo veía día a día de no ser porque el aspecto demacrado y pálido que adquirió al morir lo hacía aparentar tener más años de los que llegó a cumplir en vida. De haberlo observado con atención quizás hubiesen notado que no tenía ninguna arruga nueva, ninguna cana, y un doctor hubiese descubierto en él ciertas características fisiológicas intrigantes como su temperatura alarmantemente baja y la carencia total de sudor. La consecuencia más sustancial de su atípico estado, sin embargo, era totalmente invisible al resto de la gente: estaba perdiendo la capacidad de sentir.

Lo notó un día mientras almorzaba: el bistec con papas que se preparaba todos los días a la una y media de la tarde ya no le provocaba el placer de antaño. Intentó cambiar de dieta por un tiempo, pensando que quizás fuese una especie de cansancio o acostumbramiento causado por su hábito de comer siempre lo mismo, pero no sirvió de nada. Finalmente se resignó a perder el sentido del gusto.

Notó que los colores también parecían haber perdido su intensidad, su viveza: era como si el mundo estuviese pintado con acuarelas muy diluidas. Le resultaba progresivamente más difícil separar la música del resto de los sonidos informes que pululaban en el aire, así como diferenciar las notas musicales entre sí. Su piel fría se había vuelto incapaz de sentir la textura de los objetos o los matices de temperatura en ellos. Un par de veces se quemó cocinando, pero no sintió nada. Una noche tomó un cuchillo y se realizó un profundo corte en el antebrazo, esperando experimentar al menos una pizca de dolor, pero fue inútil, ni siquiera sangró. La herida en su carne blanca y muerta nunca se cerró y lo obligó a evitar las mangas cortas desde ese día en adelante.

Lo peor de esta suerte de adormecimiento era que no se limitaba solo a los sentidos, sino que, más preocupante aún, le estaba quitando su capacidad de sentir emociones. De tanto en tanto pensaba en ir al médico, pero desechaba la idea rápidamente: no quería convertirse en un fenómeno o un conejillo de indias. No quería ser “Rogelio el muerto”. Después de todo por muy muerto que estuviese seguía siendo un ser humano… ¿O no? Se lo preguntaba algunas veces. ¿Qué quedaba de su naturaleza humana al despojarse de su capacidad de sentir, de emocionarse, de amar y odiar? Quizás lo que había perdido en ese accidente no había sido la vida sino su alma. No lo sabía, pero había llegado a darse cuenta que su existencia se había vuelto monótona, plana, sin altos ni bajos, y no había nada que pudiese hacer para revertirlo. El Rogelio-persona se desvanecía por dentro día a día, y eventualmente eso también dejó de preocuparle. Sus relaciones personales también se fueron desvaneciendo como él de forma gradual, llegando a extinguirse casi todas, nunca de forma abrupta sino por simple distanciamiento.

De lunes a viernes Rogelio salía de su trabajo exactamente a las seis con cinco minutos, luego de dejar todos sus documentos perfectamente ordenados en carpetas sobre el escritorio. Caminaba las tres cuadras que lo separaban de su casa, abría los dos cerrojos de la puerta, se sacaba los zapatos y los dejaba cuidadosamente alineados de forma perpendicular a la puerta y paralelos entre sí. Se sentaba en el sofá de su living para ver televisión hasta las diez, y luego  iba al dormitorio a planchar con meticulosidad las prendas de ropa que usaría al día siguiente, tendiéndolas posteriormente sobre la silla en orden inverso al que las retiraría para ponérselas: chaqueta, corbata, camisa, pantalones, calcetines y calzoncillos.

Una tarde del otoño de 1989 Rogelio cambió sorpresivamente su rutina. En vez de abrir los dos cerrojos de la puerta de su casa al volver del trabajo, abrió la puerta del garaje, se subió a su auto y partió rumbo al campo: había decidido que el mundo humano ya no era lo más apropiado para él. Llegó a las faldas de un cerro de vegetación muy tupida, y se internó entre los árboles. Al llegar a un punto que le pareció suficientemente aislado simplemente se sentó en el suelo y permaneció ahí por días sin mover un músculo, sin emitir sonido alguno. De vez en cuando se acercaba algún animal salvaje, pero pronto se alejaba asustado como si supiera que había algo perturbadoramente antinatural en él. Los insectos y las plantas parecían evitarlo también en un principio, pero poco a poco fueron invadiéndolo como el musgo que cubre una roca, terminando de borrar todo atisbo del ser humano que alguna vez había sido.

Finalmente desapareció en el bosque, o más bien se fundió en él. Algunas personas se percataron de su ausencia, y lo buscaron por un tiempo. Encontraron su auto en las faldas de un cerro, vacío y con la puerta abierta, sin señales de que hubiese sido víctima de un crimen o un asalto. Finalmente se acostumbraron a no verlo caminando hacia el edificio municipal ni de vuelta a su casa, y todo el asunto pasó a formar parte del patrimonio mitológico del pueblo, un misterio que alimentó toda suerte de rumores en la gente que irónicamente nunca sospechó que la verdad era mucho más extraña de lo que imaginaban.

Hoy en día Rogelio aún sigue intacto, muerto en las profundidades de un bosque lleno de vida.

Aug
29

Una historia mortal

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(Para una lectura más fácil sugiero descargar el cuento en formato Word)

Y bueno, la historia comienza cuando un personaje con la misma estatura, contextura y rasgos que usted, mi querido lector, que además por esos azares de la vida o de la literatura si se quiere lleva exactamente su mismo nombre, comienza a leer un relato corto que acaba de encontrar, escrito por un autor que resulta llamarse igual que quien escribe. Nuestro personaje, que en este momento está sentado, se rasca la cabeza al enterarse de esta notable coincidencia y se pregunta cuáles son las probabilidades de que algo así suceda, pero lo olvida rápidamente al sentir un ruido en la otra habitación. Escucha con atención. Afuera hay un sol radiante, se siente la agitación en las calles y las bocinas de los autos terminan distrayéndole. Luego de unos segundos sacude la cabeza, se dice que no fue nada y retoma la lectura. Se lleva una no muy grata sorpresa al ver la similitud entre lo ocurrido y lo que lee: poco a poco crece en su interior una especie de sospecha, un sensación de déjà vu que se transforma en certeza de lo que va a acontecer. Mientras tanto, en la habitación contigua un asesino a sueldo recrimina con gestos a su compañero por haber golpeado accidentalmente una lámpara, poniendo en riesgo la delicada operación que están llevando a cabo. Se toman algunos minutos para que la víctima, en caso de haber oído el ruido, se calme y vuelva a su lectura, luego de lo cual se dirigen silenciosamente a su encuentro con cuchillo en mano e instrucciones precisas de matarle a como dé lugar. Las cosas no van como estaban planeadas, sin embargo: nuestro personaje ya no se encuentra en el departamento. Una leve brisa proveniente de la puerta abierta les da a entender que acaba de escapárseles, y aunque corren en su búsqueda es demasiado tarde porque acaba de subirse a un taxi que apareció convenientemente en el momento en que salía a toda prisa del edificio. Nuestro personaje ha comprendido, o recordado para ser más precisos, que ésta era la hora de su muerte, y a pesar de que ha huido sabe que sólo estará a salvo por un par de horas, o quizás minutos, porque está en las manos crueles de un escritor que intenta matarlo en un relato. Hay esperanza, de todas maneras, pues el escritor ha cometido un error gravísimo: le reveló su nombre al principio de la historia, así que ahora la cosa se trata de encontrarlo y matarlo a él primero. Se baja frente a un cibercafé con un plan en mente. En un derroche sin precedente de buenos reflejos logra esquivar un macetero que cae repentinamente desde un octavo piso y se revienta violentamente contra el suelo. La adrenalina le invade, tiene menos tiempo de lo que pensaba y debe actuar rápido. Entra en el cibercafé a buscar en Internet la dirección del escritor, pero le toma más tiempo de lo esperado, pues a pesar de tener un nombre poco común es bastante mediocre y sólo lo conocen sus amigos. ¡Facebook al rescate! Fue lo suficientemente estúpido para publicar su dirección personal en su perfil. Sale a la calle, esta vez debe arrojarse sobre un pobre peatón para evitar un auto que en ese momento se sale de la pista y choca a cuarenta kilómetros por hora contra la entrada del cibercafé, destrozando a cuatro inocentes clientes que se encontraban bajando pornografía distraídamente. En medio de la conmoción nuestro atemorizado personaje cruza la calle, toma otro taxi y pide que lo lleven a Don Carlos 2898. No tiene claro cómo va a entrar al edificio, y más importante, de cómo va a matar al escritor, pero ya se le ocurrirá algo. De repente se acuerda que esto es un relato, mete la mano en el bolsillo y se encuentra con una pequeña pistola cargada: ¡justo lo que necesitaba! El trayecto se ve continuamente interrumpido porque todos los semáforos que se topan están en rojo, una situación muy extraña según el taxista  que se disculpa y jura repetidas veces que normalmente el tránsito en esa avenida es muy expedito (¡maldito escritor!), pero a pesar las demoras llegan al edificio en menos de treinta minutos. Le paga un veinte por ciento más al conductor, que se muestra muy agradecido, y se dirige a la recepción, esquivando sin prestarles demasiada atención los dos objetos contundentes que acabo de arrojar desde mi ventana. Tiene la espalda empapada en sudor producto de la carrera, la ansiedad y el sol abrasador. Se seca la frente, también empapada, con miedo de que genere sospechas en el conserje, pero ante su sorpresa éste no sólo no le pregunta nada, sino que le saluda con una amable sonrisa y presiona el botón del ascensor. La suerte hay que aprovecharla, no cuestionarla (aunque en este caso no hubiese sido mala idea), así que se mete de inmediato al ascensor cuando éste abre sus puertas, aferrando firmemente la pistola dentro del bolsillo. Después de catorce segundos llega al piso diez, está cada vez más cerca de su objetivo. El departamento 105 se encuentra frente a él, el 106 a la derecha, así que toma el pasillo de la izquierda y llega al 101, cuya puerta está entreabierta. “Qué poco original, podría haber pensado en alguna forma ingeniosa para que yo la abriera” se dice a sí mismo, y debo reconocer que tiene razón, pero se hace lo que se puede. Está a punto de empujar la puerta para entrar, pero no sabe si hacerlo con sigilo o con rapidez para no perder el factor sorpresa. Por un momento piensa que puede ser una emboscada, pero desecha la idea: la trampa era en su propio departamento, no en éste. Mira hacia todos lados, no hay nada que pueda caer o desprenderse para herirle. Empuja la puerta con suavidad y entra. La luz es tenue y proviene de una ampolleta que amenaza con quemarse, afuera ya es de noche. El escritor debe estar cansado o desconcentrado piensa, porque hace diez minutos había un sol radiante, o quizás es algún tipo de recurso para lograr un efecto más dramático. Todo esto nos lleva a este momento, en el que me encuentro en la curiosa situación de estar relatando cómo usted, mi querido lector y personaje, está a mis espaldas con arma en mano y dispuesto a matarme mientras yo estoy sentado en la mesa de mi departamento escribiendo esta historia. Dada las circunstancias y si me disculpa la interrupción, me parece que de ahora en adelante tengo todo el derecho a dejar las formalidades y tutearle, digo, tutearte, si no te molesta, aunque si fuera así sé que tendrás el tino de callártelo. Pero bueno, no nos distraigamos y volvamos a lo nuestro: estás a mis espaldas, con pistola en mano, sin decidirte a disparar porque temes que yo sepa todo. Piensas que fue muy estúpido no haber traído una copia del texto para saber qué es lo que escribí que va a pasar, aunque probablemente todo eso quedó invalidado en el momento en que huiste de tu departamento y te salvaste de morir como estaba escrito, o quizás todo esto siempre fue parte del relato (¡recuerda esa misteriosa pistola en tu bolsillo!) y no haces más que vivirlo palabra por palabra. Al final te decides a disparar, después de todo mientras más te demores más tiempo me das para inventar algo. El disparo retumba en las paredes de mi pequeño departamento, pero la aislación es buena y sólo se escucha en el pasillo, vacío en este momento. La sangre comienza a brotar a borbotones, el escritor se convulsiona por algunos segundos, es decir, yo me convulsiono por algunos segundos con la cabeza sobre el laptop donde decidía tu destino, hasta que finalmente perezco. Otro error: afuera hay un sol radiante otra vez, pero nadie excepto tú reprocharía a un escritor agonizante por un detalle tan irrelevante. Cuelgas el teléfono porque te molesta el zumbido, bajo el auricular encuentras una tarjeta de una línea de taxis. “¿Para qué llamaría a un taxi?” te preguntas con desconcierto. La curiosidad te pica al ver el laptop, guardas la pistola en tu bolsillo y mueves mi cabeza para sacarlo. La pantalla está salpicada de sangre, así que vas a la cocina a limpiarla con un paño, luego te sientas a leer el final que yo quería para la historia, sintiendo mucha satisfacción por haberme doblado la mano. Otro dèjà vu (tú en el departamento, ese sol intenso afuera, el relato que acabas de encontrar) da paso a la anagnórisis: el escritor, o sea yo, viendo que las cosas ya estaban fuera de control y que la muerte era inevitable, decidió que al menos se vengaría obligándote a vivir infinitamente ese ciclo de angustia e incertidumbre. Y tienes toda la razón, ésta es mi venganza. El pánico te invade hasta que tus ojos se topan con el relato y empiezan a leer involuntariamente. Y bueno, la historia comienza cuando una persona con la misma estatura, contextura y rasgos que usted, mi querido lector, que además por esos azares de la vida o de la literatura si se quiere lleva exactamente su mismo nombre, comienza a leer un relato corto que acaba de encontrar…

Jan
20

Yo un día

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Yo un día quise ser la desembocadura de las almas
El vórtice adormecido de sus lamentos
Pero me transformé en duna sinuosa, reseca
En el verdugo silencioso de las tormentas

Yo un día quise provocar a los demonios
Contornearme frente a su furioso dentellear
Regodearme en su angelical pestilencia
Intercambiar mis cruces por sus sotanas

Yo un día me exilié del Cielo y del Infierno
Porque en mis abismos tengo camino de sobra
Un laberinto interminable de tormentos y de ensueños
Un Norte que me elude a sabiendas

A sabiendas de que yo un día
Yo un día desafié a la Culpa misma
Irreverente ante su insoslayable veredicto
La sentencié a ser mi compañera peregrina

Hoy día yo me desvanezco en los amaneceres
En el angustioso deambular
En los cotidianos rituales
En la contemplación incrédula de lo que fue mi vida

Jan
18

Mi inocencia muerta

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Hoy mi inocencia cuelga inerte
La soga del dintel al cuello
Las heces derramando náusea
Yo con mi vómito más denso
Venero su hedor a carroña

Mi inocencia agonizó por décadas
Herida de muerte
Al final no sucumbió a la bala ni al cañón
Sino ante un pétalo de rosa

Y yo que un día
La albergué en mi pecho
Para protegerla de la rabia de los perros
De su descarnado alarido
De su humana embestida

Pero es que mi piel es tenue
Y fui pobre refugio
Permeable a la violencia, al encono
A los pétalos de rosa

Hoy ha muerto mi inocencia
Que arda en amargura la memoria
Poco me importa
Sólo quítenme del paso
Se los ruego