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La Vida en Siete Palabras
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Todos con todos y todos contra todos…
Por esas casualidades de la vida, ayer me topé en la calle conmigo de niño. La piel y el alma tersas, sin huellas, el semblante siempre triste, pero la esperanza aún intacta. Cuando nuestras miradas se encontraron sentí el dolor punzante de notar la decepción en sus ojos. Supe las preguntas que me haría y, presa del pánico, cruce a la vereda del frente y me alejé corriendo, sin voltear nunca hacia atrás. No tenía el valor de responderle con la verdad.
Déjame extrañarte, amor mío
Quiero sentir por un momento el vértigo de saberte ajena
El temor de que me falten tus manos
O tu sonrisa en la mañana
Déjame pretenderte desconocida
Que la vida me lleva hacia ti en su caudal de coincidencias
Por el inextricable sendero del destino
Por la sombra de lo improbable
Déjame perderte de vista
Acercarme al filo del olvido para volver a ti presa del pánico
A beber del manantial de tus secretos
A descansar en tu cálido seno
Déjame recordar nuevamente
Que no somos una casualidad, sino una hermosa causalidad
Un instante que desafía al Infinito mismo
Prometeos, hurtándole al Amor su llama
Eres la playa que ansía mi alma náufraga
El refugio seguro contra mis tormentos, mis tormentas
Las alas de mi corazón errante
Déjame ir, amor mío, pero nunca me sueltes
Tus labios en fuga son míos y sólo míos, a tu pesar
Pues nadie podrá besarlos con tanto amor
Con tanta devoción
Yo fui quien desnudó tu ternura, pétalo a pétalo
El que cultivó en tu piel el deseo
Y lo dejó intacto
Juntos conquistamos las calles, las esquinas
Las pavimentamos, yo con mi risa
Tú con tus lágrimas
Me regalaste, incauta, tu irresistible ingenuidad
Y yo la bebí hasta la última gota
Sediento como ninguno
A tu lado fui niño de nuevo, y a veces no tan niño
Me perdí en tus contornos
Extasiado en tu inocencia
¿Qué te llevas tú? Mi ilusión primera tal vez
Mi arrullo noctámbulo
Mi solemne reverencia
Ahora eres un destello a la distancia, y así debe ser
Pero me quedo con todo
Con todo y tu recuerdo
El día en que te marchaste el cielo se tiñó de sombras
Las nubes se volvieron un poco más grises
Y de tanta tristeza no pude ni llorar
El día en que te dejé partir sentí un vacío más profundo
Se empañó de dolor mi ventana al mundo
Y el aire se me antojó amargo y frío
Tan parte de mí te sentía
Que ya me parecías otro brazo
Un costado del torso quizás
Y me olvidé de mirarte, de olerte, de tocarte
De atraparte en un último recuerdo
Para contemplarlo cuando no estuvieras
De estar acariciando tu rostro, respirando tu aliento
Pasé a vagar por tierras que ahora me son extrañas
Donde todos los caminos me alejan de ti inevitablemente
Y en cada paso se me va el alma
¿Qué hago ahora que te perdí sin remedio?
¿Cómo sigo andando si no me llevas de la mano?
El día en que te dejé partir la vida se calló por un minuto
Me dejó a solas, encadenado a tu ausencia
A la deriva con tu anhelo a cuestas
El día en que te marchaste había tanto que decir amor mío
Y de estos malditos labios no brotó otra palabra
Más que un pálido y frío adiós
El primer día que la vio intuyó que la amaría. Surgió como una idea muy tenue, vaga, a la que no prestó atención, pero que poco a poco fue cobrando fuerza, transformándose en un descubrimiento, una aceptación respetuosa, un fervor casi religioso.
Primero amó sus ojos almendrados, grandes y profundos, la sutil delicadeza femenina con que estaban maquillados, los pequeños brillos de la luz reflejada en ellos, y luego una por una la sucesión de miradas que desfilaban por su rostro día tras día, momento a momento: la ojerosa por el sueño, la de alegría y ojos entrecerrados por la risa, la cabizbaja, delatora de una melancolía escondida, e incluso las que sólo imaginaba.
Pronto el foco de su amor se fue extendiendo, abarcando los párpados y las dos suaves arrugas bajo ellos, la nariz decorada por pálidos lunares que corrían traviesamente hacia las mejillas y la frente, los delgados labios rosados, el pulcro delineo de las cejas, el rostro y el mentón. Todo asombrosamente dispuesto de la única manera posible, pues de cualquier otra ya no hubiese sido ella.
Como en un lento despertar, su corazón se abría a nuevas facetas y dimensiones de su amada: la forma en que sus manos de estatua griega tomaban con el mismo garbo la cartera, los pinceles o un libro, cada uno de sus peinados y su cabello desordenado, el collar que nunca se quitaba y las sombras y matices dibujados por la luz en cada contorno de su cuerpo.
Descubrió que era imposible otorgarle bordes definidos: la piel continuaba a través de rayos de luz hasta el sol o una bombilla eléctrica, de la boca partía una inextricable red de sonidos que atrapaba todos los objetos a su alrededor, las manos eran un puente tendido más allá del presente, atravesando la taza de té que había tomado en la mañana y la revista que hojearía por la noche.
Un incipiente sentido de orden y significado fue tomando forma dentro de él, transformando el azar y el caos en causa, intención. Ella y el Universo eran inseparables, sin ningún límite real de tiempo o espacio, envolviendo y conteniéndolo como un gran útero. Ya no necesitó abrazarla ni tomar sus manos para sentirla cerca, bastaba con acariciar un árbol o sentir la brisa en su rostro.
Si en algún momento la amó por la forma en que tocaba el piano o su gusto por los libros, ahora lo hacía por ser la melodía más hermosa, el libro más profundo. Sin pretenderlo, había llegado a amarla completamente, con total pureza y entrega, sin miedos ni cuestionamientos. Y cómo no hacerlo, si era el punto de partida y la puerta de entrada a todo el Universo.
El tiempo es irrecuperable porque es asimétrico: si bien la distancia desde ayer hasta hoy es muy corta, la distancia desde hoy hasta ayer es infinita.
Giro, giro, giro en una espiral caótica de pensamientos huérfanos y recuerdos vagos que emerge de este océano de incertidumbres. Estoy aquí nuevamente, como tantas veces, postrado frente a la magnitud ineludible del mundo, desarmado frente al devenir que se escribió a fuego alguna vez en el libro de mis probabilidades. Voy a la deriva y en un gesto desesperado estiro mi mano, atravieso tiempo y espacio para anclarme a tu regazo.
Casi puedo ver las notas de esta música estrellándose contra la pared como metralla, mientras me pregunto si el sonido de los planetas girando sería más intenso que el de mis latidos cuando esta boca besara esa boca, que ya casi no es tuya porque yo voy en camino a robártela. Recorro la palidez de tus labios con la punta de mi nariz ciega y los muerdo con sublime deleite para ver si te revientas como un globo, si eres sólo aire o carne viva palpitante.
El sueño me tiene celos y sabe que mi imaginación no le rinde pleitesía ni le hace el trabajo fácil, es por eso que viene a buscarme, a arrancarme de tus brazos de ámbar, pero yo me resisto, le hago una mueca y me aferro a esta espera como un náufrago al tronco porque presiento que quizás seamos los dos filos de una misma daga, hechos para cortar el mismo velo. ¿Por qué no caer el uno en el otro, si yo soy vacío y tú pareces ser abismo?